Para no olvidarte
Quería dejar en palabras las veces que recordarte me hacen sentir que me olvidas, para dejar de sentirlo y poder pensarte tal y como tú eres. Imagino escribir sobre ti como si estuviera dibujándote, a pesar de no tener ni idea de cómo expresar fácilmente un sentimiento que ocupa cada centímetro de uno mismo, ni tampoco tengo ni idea de cómo se dibuja.
Hago un esfuerzo por imaginarte y
lo primero en que pienso son tus manos. Imagino tus manos tocando mi cara con
la misma ligereza con la que tantas veces las he imaginado sujetando una
lagrima o meciendo mi cuerpo cuando me siento tan pequeña que podría caber en
tu palma y aun así seguiría sintiéndome demasiado grande y pesada. Las manos
que con tanto afán y dedicación no han dejado de trabajar un solo día porque
nunca falte nada sobre la mesa. Las manos que dibujan y desdibujan los
proyectos a los que tanto esfuerzo dedicas cada día por crear. Solo he sentido
la misma admiración por las manos de mi padre porque él también se las ha
dejado en cada cosa que ha tenido que sujetar, por pesada que fuera, y, a decir
verdad, también son las manos en las que me gustaría haber permanecido oculta
algunos días en los que no quería que el mundo me encontrase. No considero
haber sido la niña de papá. No tuve caprichos, ni antojos. Papa no vino a
recogerme después de clase, ni supo qué decirme cuando dejé de comer, no hubo
juegos en el parque, ni supo qué decirme cuando acepté mi primer trabajo. Pero
había risas cada vez que le veía. Su sonrisa nunca desaparecía de la cara
cuando me miraba. Noté cuando su mirada fue distinta y dejó de haber orgullo.
Por eso, las veces en que te quedas callado y cualquier sonido que pueda salir
de mi boca para buscarte queda mudo, siento miedo de que haya sido la última
vez que tus manos hayan acariciado mi cara.
Los dos hombres de mi vida tienen
las manos que me hacen seguir cada día. Pido cada noche porque os sintáis tan orgullosos de mi como yo de vosotros.
Continúo imaginando y lo
siguiente que veo son tus ojos. Te recuerdo en las ocasiones en las que te he
descubierto mirándome como si el mundo empezase y terminase en lo que estuviese
haciendo en ese momento. Recuerdo unos ojos brillantes, diría que incluso
felinos cuando me miras, los mismos que dibujan tu cara cuando hablas de cuán
lejos te gustaría llegar. De todas las dudas que puedo tener, una de las
grandes certezas de mi vida es que llegaras tan lejos como tú quieras.
Y después están tus labios,
carnosos y dulces como el mejor manjar que haya degustado en toda mi vida.
Recuerdo que el día que te conocí pensé que hablabas demasiado. Cómo en aquel
cuerpo aparentemente tan ligero podía caber tanta palabra y tanta anécdota.
Pensé que tu vida había sido más divertida que la mía y te dejé hablar durante
horas. Desde aquel día nunca me he cansado de escucharte. La verdad es que
nunca había estado delante de un hombre al que escuchase tan atenta durante
tanto tiempo sin conocerle apenas, lo cual me pareció divertido. Supongo que
por eso desde que te conozco busco tus palabras cada día. Por eso siento miedo
de que enmudezcas. No quiero que llegue el día en que no tengas nada más que
contarme. Además de tus palabras, lo siguiente que echo de menos cada día son
tus besos. La manera en que te acercas cuando estamos juntos en busca de un
beso más porque nunca son suficientes, hasta cuando tienes todos los demás
sentidos en cosas más importantes que buscar un beso. Podrías terminar lo que
estás haciendo antes de torcer tus labios en mi búsqueda, pero es graciosa la
mueca que adopta toda tu cara solo para que no me separe de ti y yo adoro la
forma en que me mantienes cerca. Recuerdo nuestro primer beso, pero nunca
olvidaré cada uno de los siguientes.
Cada noche doy un beso a nuestra foto para no olvidar que existimos, hemos existido en una de las maravillas del mundo, así como existimos en cada pedazo de la vida que estamos creando juntos. Muchas noches solo me gustaría despertarme y que el primer café de la mañana fuese contigo, o al menos, dormir sabiendo que seguirás ahí cuando despierte.
Solo algunas noches, cuando tu silencio resuena por entre los huecos de mi cuerpo
y no puedo pensar con claridad, enciendo el que prometo será el ultimo cigarro
y pienso en que algún día moriré de algo mucho peor que tu ausencia. A pesar de
ello, no encuentro calma. Saber que no moriré porque no estés no hace que
vuelvas, ni tampoco que deje de dolerme. Por eso quería escribir, aunque suele
fuese una sola palabra que me hiciese recordar que no me olvidas. O al menos para
seguir creyendo que entro en la palma de tu mano, pero no puedo quedarme en
ella porque debo seguir respirando.
Comentarios
Publicar un comentario