Es tan difícil dejarse querer
Me regalas flores, preparas una sorpresa, me miras con la cara de un niño que ha vuelto a confiar en la esperanza y esperas a que responda, paciente e ilusionado. Llevo semanas pidiendo un acto de amor que me devuelva a mí también la esperanza. Quizá porque los últimos meses han sido la prueba irrefutable de que la vida es inesperada y abre caminos por donde no esperas, quizá porque el tiempo pasa mas lento de lo que me gustaría y confiar aun no se me da bien, lo sabemos ambos, o porque el tiempo que pasamos juntos es el camino que me guía para no rendirme, pero espero, con no tanta paciencia como la tuya, que te lances a ser romántico, a pesar de saber que no entiendes de romanticismos más que por el hecho de quererme cada día, queriendo que con eso, baste.
Aun así, me dedicas tiempo e
ilusión deseando ver qué cara pongo cuando abras la puerta de tu habitación,
cada día mas nuestra, enciendas la luz, y me encuentre con las flores que
siempre he querido, unas botellas de vino y tu vulnerabilidad, aunque pretendas
esconderla, a flor de piel.
Te alegras por mis logros con mas
fuerza de lo que yo misma lo hago, como si fueses tú quien lo ha conseguido; me
impulsas a escribir aun sabiendo que hace tiempo que no logro sentarme a
escribir algo lo suficientemente bueno. Da igual como yo me vea, tú sigues
viéndome preciosa. Me esperas, paciente, a veces perezoso, sin dejar ver tu
fragilidad, sin saber que, vivo enamorada de los momentos en los que me dejas
ver tus emociones, aunque ni siquiera te des cuenta de que lo haces.
Si tú eres difícil de querer,
vida mía, nunca he hecho nada tan sencillo en mi vida. Te quiero sin mas
esfuerzo que el de obligarme a ser mejor persona cada día, por y para ti, por y
para nosotros.
Me encantaría decir que en ese
momento me embriaga la felicidad, pero lo cierto es que el sentimiento que se
apodera de mi es la culpa. Culpa por no sentirme merecedora de tu amor, una vez
más, ni de los detalles que tanto te ruego, pero que, cuando llegan no alcanzo
a disfrutar porque la culpa, esa que tanto adoran los cristianos y en la que se
regocijan haciéndose cargo de todo mal, aflora en mí. Me encantaría llorar de
felicidad y de ilusión, porque es en lo que pienso en esos momentos, en llorar
como una niña pequeña y correr a tus brazos, o en saltar sin parar hasta que mi
cuerpo no aguante. Sin embargo, solo me sale dar las gracias por ser como eres
y concederme, un día más, la ilusión y la esperanza de que algún día creeré en
merecerte.
Es tan difícil dejarse querer, ya
lo decía una gran mujer, “algún día vas a tener que aceptar que te quiere, y
vas a sufrir mucho”. Sufro por no sentirme merecedora de tu amor, porque aun
estando enferma la culpa me azota con cada abrazo y beso que me das, porque no
debería quedarme en la cama mientras tú me cocinas, me traes agua o vigilas que
esté lo suficientemente calentita entre las mantas. Comes helado conmigo,
aunque no te apetezca, nos preparas té cuando ya te has acomodado en tu silla,
aunque no tengas ganas de ninguna de las dos cosas, pasas tu noche de viernes
bebiendo vino, cenando de picoteo y viendo series, solo porque me quieres,
porque me hace feliz.
Algunos días me ahoga la culpa de
saber que todo lo que haces por mi es porque me quieres, nada mas y nada menos
que porque me has conocido, y desde entonces has elegido cada día renunciar,
acomodar y aceptar una nueva rutina en tus días que incluya un nosotros antes
que un tú. No hay mas explicación, ni mas motivos que objetar a la causa. Sin
embargo, en mis pensamientos sigue corriendo la cruel idea de la imposibilidad
de que me cuides cuando estoy enferma, me beses y me acojas en tu cama cuando
estoy cansada y febril, sin esperar nada a cambio, sin reproches posteriores, o
sin un futuro abandono. Solo, porque me quieres.
No sé dejar que me quieras sin
poner peros, sin que me revuelva en mi propia cabeza pensando en que debería
hacer algo mucho mas grande para demostrar que yo debo quererte más, porque
deberías estar loco, o quizá enfermo, o puede que muy herido como para quererme
a mí. Nada de lo que digo es cierto, eres la persona más segura que conozco,
sin dudas, sin ataduras innecesarias, sin explicaciones más allá de lo mundano,
más que el hecho de que me quieres cada día, por quien soy. Qué locura.
En mis labios sigue pareciendo
imposible aceptar y confiar en manos que no sean las mías, el hecho de que me
dediques tu amor y tu tiempo, sin apenas pensar en ello. No te lo he dicho,
pero cada día pienso en cómo ha cambiado tu dialogo interno hasta el punto de
ya nunca referirte a un futuro solitario e independiente, siempre, siempre, nos
incluyes a los dos en cada paso. Cada vez que lo pienso, cada día, lloraría de
ilusión. Nunca nadie había tenido en cuenta lo que yo busco, deseo y quiero,
para incluirlo en un futuro juntos.
Tus manos sostienen lo que soy, a
veces un jilguero con ansias por volar y ver y sentir, y bailar, y cantar, y
reír; otras un pesado arcón al que hay que trasladar de lado a lado de la
habitación para poder hacerle útil. A veces una gota de agua que se desliza por
entre tus labios, hasta alcanzar la palma de tu mano donde necesita que la
guarden y la protejan antes de que venga el frio invierno y la convierta en
hielo, y otras, el viento que te mueve a salir a de la cama y empezar a correr.
Sea como fuere, tus ojos siempre me miran con el calor que mi cuerpo necesita
para sentirme segura, y me protege de mi misma hasta el punto de que contigo
soy exactamente la mujer con la que sueño ser, la mujer que prometí enseñarte
antes de que te fueras. La mujer a la que llevo rezando cada día, desde que
tengo uso de razón, porque venga y se lleve las razones pasadas por las que
siente que es difícil de querer. Seguiré sintiendo culpa porque me quieras, pero
cuidando cada rosa que me das, llorando a escondidas de lo mucho que te quiero,
y luchando por escribir cada día por describir quien eres, porque todo el mundo
llegue a saber algún día, quién fuiste y quién eres, porque tu nombre nunca
caiga en el olvido. Siempre serás el único hombre por el que todo cobra
sentido.
Todos soñamos con ser la persona
que inspire a otra para ser alguien en el mundo, para dejar de ser un
cualquiera. Desde que te conocí, dejé de ser alguien más. Es cierto que el
miedo, la Niebla, se comió partes de mí que apenas recuerdo, pero son tus manos
las que me hacen querer renacer cada día, porque ya no soy cualquiera. Ahora
somos uno, y eso Ella lo sabe. Por eso solo descanso cuando duermo en nuestra
cama, y solo disfruto de comer cuando cocinamos juntos, porque me das la vida
con la que sueño, y me haces soñar la vida que quiero.
Y porque tendría que inventar un
color más oscuro que el negro, si algún día, mi vida, decidieras marchar.
Comentarios
Publicar un comentario