Flores salvajes

He dejado de correr detrás de espejismos que yo misma hice tan reales que conseguí alimentarlos desde cerca. 
Llega un momento en el que te piden que sueltes lo que llevas dentro esperando que salgan ángeles volando y acaban saliendo demonios contra los que no puedes luchar. Pero, supongo, que no te queda otra que cogerlos de nuevo y domarlos a tu gusto, por propia seguridad, ya me entiendes. Acabando por aceptar que, no eres tan mala como siempre te has pintado, ni te mereces vivir en silencio. 

He conocido y desconocido cada parte de mí y de mi entorno casi toda mi vida. Por desgracia, a mí no supe alimentarme de cerca porque, o bien, no (me) quería o no me dejaban. En cualquiera de los caos, soy mi perfecta desconocida apunto de dar el salto a conocerme. Siempre me encuentro en ese punto, en verdad. En ese preciso momento de no saber qué paso dar, pero le doy. Me paso la vida corriendo. Imposible dejarme quieta. A pesar de no saber a dónde voy, me encanta estar perdida. Por desgracia, me siento más perdida que en busca y captura. Acostumbrada a lo que la vida conlleva.
Sus silencios, mis perdidas. 

He visto luces en las que quiero quedarme a vivir. 
Pertenecer a un lugar que no puedes alcanzar, la historia de mi vida. Pero tiene magia, y a mí, la magia me llama de la misma forma que la música, el arte o las almas perdidas. Tiene la misma magia adictiva, variopinta y presuntuosa que aquellas ocasiones en las que acabé perdida para encontrarme año y medio después con la cabeza llena de plumas que me he arrancado. Pero es magia, al fin y al cabo. 

He sentido fuerza irreconocible en mí, para seguir adelante cuando no podía mantenerme en pie, y eso es lo que me hace humana, a pesar de las diferencias.  

No voy a pedirte que huyas esta vez, necesito alimentarme, devorarte el alma. 

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