Ciento ochenta días de los ojos verdes
La culpa fue de los soldados, los edificios altos, las cuerdas al cuello,
fueron las terceras personas, las redes sociales, y, por qué no, fue de la distancia.
Fue mi sangre, los hospitales y la nieve, también ella fue.
Fue el tiempo que hacía que no tenías una lengua en el ombligo y la mía era demasiado fría como para calentarte.
Fueron los planes y el tiempo que ya no paso por tu casa.
Fue, porque ya no, porque quizá nunca, aunque siempre estuvimos,
Siempre estuvo mi sangre en las manos después de verte, la tuya coagulada en zona enemiga tras haberme rozado.
Nunca fue tuya, aunque ojalá haber sido más mía.
Nunca fue lo que no quisiste entender.
Nunca fueron las mentiras porque tampoco hubo verdades, ni cartas encima de la mesa, ni valor.
Tardaste tiempo en dejar que afirmase que no necesitabas complicación ni verdugo que te matase.
Tardé tiempo en aceptar que mi mente no era la enferma.
Por suerte, ya no genero anticuerpos contra mi misma, me he hecho al virus.
Mis glóbulos rojos mueren 60 veces por minuto y no de pena.
Eras tú, enfermo de una enfermedad incurable.
Sin ser médico lo supe el primer día que insististe en que me quedara.
El tiempo ha dejado de pasar,
creo que pronto será primavera , yo dejaré de ser una niña, y mi mente no tolerará más transfusiones que no sean de tu voz.
Puede que muera de intoxicación o de hambre,
de alguna epidemia que me haga subir al tejado más alto a los ojos de nadie,
sus cuencas estarán vacías sin ti;
sin el tiempo que hace que no te tocas a solas.
Puede que muera mañana o que no muera nunca.
Puede tantas cosas, pero tú ya no, porque tú nunca.
Porque tengo el estómago tan vacío que no pienso con claridad.
Aunque claramente sigues sin necesitarme.
No te culpo, porque tu culpa nunca.
Mi apnea es sólo mía y tú síndrome del corazón roto es todo tuyo.
Acabaremos muriendo igual, pero tú nunca de pena, porque tú nunca.
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