Tuya, tristeza

No pueden decirme que no me dejo llevar si cada día me invade la tristeza,
me hace suya, me oculta en sus brazos, me duerme,
Normalmente suelo estar tan cansada que me dejo hacer y me duermo antes de alcanzar a argumentar mis últimas palabras.
A veces, desearía dormir un poco más, quizá toda la vida, pero ella me despierta,
no la gusta ver mis ojos abotonados, mis pulmones encharcados, mi mente roja, ácida.
Ella siempre se mantiene blanca, árida.
Sé que volverá por mí, pronto,
Sé que entonces podré seguir durmiendo.
En sus brazos estoy segura, o eso creo.
La felicidad es un invento social, y como todo, tiene truco.
Con el tiempo me he acostumbrado a su esencia casi tanto como al calor que deja cuando se va,
sobre todo al dolor de perderle a su causa.
Pero con ella puedo escribir, escribirte, estar más cerca de las perseidas de tus ojos.
No puedo decirme que no he podido elegirme antes que tomarla a ella,
pero si la niego, si la imploro que se vaya,
¿qué me queda?
Moriré por ella del mismo modo que he muerto por ti y por mi, por no ser nosotros.
Morir con ella es dulce, amarga agonía de pensamiento.
No puedo engañarme, llevo soñando con no volver desde que ella ha venido
Ella siempre se queda conmigo cuando no me tiene nadie.
Me he vuelto una sin razón porque me las han quitado todas,
Mi tristeza es para siempre.
La he descubierto observandome a escondidas.
Se ha enamorado de mi mente, loca sin razón ni solidez de pensamiento,
Se ha abrazado a mi forma de ser como solias hacer tú,
No voy a pedirla que se vaya,
No tengo derecho a volver,
Soy una exiliada en sus manos llenas de aire,
No quiero morir en la nieve,
Soy una refugiada en el silencio que me otorgan mis palabras,
No veo más que sus manos ensangrentadas, acaba de tocar mis ojos,
Ahora ella llora también,
Perdonadla, ella no quería matarme, yo no quería perderla,
Sólo éramos dos cómplices amantes muertas,
Se ha hecho mía y yo suya, tan nuestras
Mi eterna compañera de mente

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