Vidas y almas

Aprovecho ahora que mis ojos aún no están en tus sueños para pedir cinco minutos más para seguir a tu vera.
Sea como sea, escribirte es todo lo que me salva, de mi y del miedo a pegarte mis silencios y que todas tus palabras se vayan convirtiendo en mudas. Quizá entonces aprenda a hablarte, aunque supongo que ya tarde.
Me hice muda hace algún tiempo, cuando me veía en el reflejo de un pozo por el que se iba mi vida. No voy a engañarte, pedía ayuda a gritos pero todas mis súplicas fueron calladas por mi lamento.
Desde entonces, decir lo que siento se basa en esto, aunque la mayoría de veces se quedan en versos que nadie ve, ni oye, ni entiende.
Pero llegaste tú y se me olvidó de la cabeza ser sultana, diosa o gitana de algún Inframundo, porque no lo necesitaba.
Ni Perséfone, ni Venus me entendían;
yo era ellas pero cambié mi escudo y mis almas para darte la mía a ti.
Mi gloria son tus ojos cuando me miras,
Mi gloria son tus labios cuando se mueven mientras hablas, 
Mi gloria son tus dedos cuando aprietan los míos,
Mi gloria eres tú.
Desde entonces, las lágrimas me saben a todo lo que me queda por ver de ti,
las pesadillas a las noches que dormiré en nuestra cama y mi lamento en los días que te podré ver feliz.
Me guardo mi lamento, porque, desde entonces, le he obligado a esconderse para que no te asuste.
Porque, desde entonces, sólo quiero ser la sultana, diosa o gitana de tu propio mundo.
Como si la vida en alguno de ellos fuera eterna.
Por si te quedas en todas mis vidas.

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