No sé ser


Cada cierto tiempo, necesitaba soltar lo que llevaba dentro,
la cogía la tristeza tan fuerte que parecía que su abrazo no acabaría,
podía sentir como se adhería a su piel,
masticaba cada músculo y después la regurgitaba en una masa amorfa, débil y pequeña.
Era justo entonces cuando dejaba de ser cualquier forma mental que hubiera sido anteriormente para ser exactamente lo que siempre se escondía tras el gesto fruncido, pena.
A veces se oponía a aquello tan fuerte que acaba herida; quedaban en su rostro las marcas de sangre que dejó la tristeza.
Quedaban las lágrimas de los que no la entendían,
Ella siempre un bicho raro.
Otras veces, se la llevaba lejos, muy lejos.
Juraría que, entonces, las nubes estaban negras de rabia y la Luna blanca de pena.
Juraría que vi a una loba llorar cuando se la llevaban, juraría que no te vi en su entierro,
hace tiempo que has olvidado que entender su mente es quizá lo más difícil que harás nunca pero que valdrá la pena,
Podría jurar mucho más, pero no juro en vano desde que me quitaron la palabra para dársela a cualquiera que grite más alto.
La vi esconderse bajo camas por si algún día conseguía confundir a sus depredadores con un monstruo y la dejaban en paz,
Ella siempre se creyó monstruo. Nunca lo fue.
Vi como se guiñaba un ojo cada vez que se miraba al espejo y podría asegurar, que, ahí, estaba preciosa, segura y fuerte.
Hablo en pasado porque hasta hace unos segundos ella guiñaba sus ojos a los lobos, sonreía a los espejos y bailaba rumbas en las pestañas de un ciego,
Pero ha llegado la tristeza y se ha escondido.
Nunca dejó de ser valiente aunque huyera de ti.
Ojalá entendieras algo de lo que escribo.
Ojalá abrieras los ojos y tomaras mis manos rojas y lamieras la sangre.




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