¿Quién lleva mi mente?
Desconozco el algoritmo que rige
mi vida, la razón que hubo para conocerme y tener que vivir conmigo, en muchas
ocasiones, como si realmente me quisiese a mí misma.
Ignoro el dónde, cómo y con quién,
pero quiero irme. Para encontrar mi sitio, para encontrar la razón matemática,
científica o filosófica del porqué estar, permanecer y ser se me hacen tan
cuesta arriba todos los días y quizá, sea entonces cuando vea claro que el
declive de mi vida solo fue el pasatiempo de alguien para el que soy su
marioneta y se sentía tan solo cómo me hizo sentir a mí. Quizá así conozca mi
verdadero yo, quizá descubra que nunca existió y lo busco solo para sentir que
mi felicidad depende de algo que aún no tengo. Por si así mi inconformismo
vital cobra sentido. Quizá por fin consiga darle sentido a todo esto. Quizá sea
entonces cuando mi mente deje de ser mía, deje de ser tuya y pueda evadirme
quién sabe de qué. Si pudiera entenderme la mitad de lo que aparento encontraría
sentido a lo que escribo por encima de lo que callo y que aún no he encontrado
forma de sacarlo.
Intento dejar de preguntarme el
por qué a mí y no a cualquier otro que supiera sacarle la expresión a todo lo
que siente y que, no fuese en forma de sangre y llanto. Por qué tuvo que ser la
muerte la que siguiera a cada ser de este planeta si ella estaba tranquila afilándose
los huesos. Por qué tuvieron que ser los Dioses los que recibieran sacrificios
si el mayor sacrificio de su vida era seguir viviendo inmortalmente. Por qué
yo, si no sé vivir, con todos aquellos que viven sus vidas como si cada día
fuese el último, o por los que darían su vida por vivir otra más.
Soy el bicho raro que dejo de ser
raro cuando aparentó no ser nada. Soy el monstruo de debajo de la cama que un
día salió y se comió a la niña pequeña y la guardó bien dentro para que se
pasase el resto de su vida buscando a una persona con la que sacarla adelante. Soy
lo que dejé de ser cuando me comieron y no sólo el alma. Soy la expresión
ilógica de los escritores contemporáneos que guardan la tristeza para contarte
que la vida es maravillosa cuando miran a su musa. Por eso intento ser mi musa;
por si así consigo verme distinto, mirarme, ver la vida como un paso real y no
el trámite hacia el final.
No he vivido tanto para estar tan
rota, por eso busco tristezas nuevas de las que enamorarme y hacerme carne, de
hueso he pasado muchos inviernos y la sangre llama a la sangre.
De todas las cosas de las que
podría haber decidido escribir, me escribo a mí, porque solo así soy el centro
del mundo y no soy tan mala como demuestro. Por eso todo lo que se escribe se
idealiza, porque la realidad es tan cruda que no puede expresarse tal y como
es. Por eso los que escriben regurgitan sus propios sentimientos en forma de
algo que al resto les parece bello sin que tengan que encerrarles por contarles
la realidad. Porque ellos, nunca me atrevería a decir que formo parte de su
mundo, son los únicos capaces de mirar mientras el resto vive.
Joder, ¿qué es la vida? ¿A qué
llamamos vivir? Me quedan los latidos suficientes para aguantar los próximos segundos,
el aire necesario para no morirme en los próximos minutos y la predisposición
metabólica para resistir las próximas horas, pero ¿a qué puedo referirme cuando
digo vida? ¿A qué me aferro cuando todos los signos de vida se vayan de mi
cuerpo? ¿A lo que siento? ¿Dónde ponemos el límite de alma y tiempo? ¿A dónde
pertenecemos? ¿Quién soy? ¿Dónde está mi sitio? ¿A qué llamamos guerra si ni siquiera sabemos diferenciar el bien y el mal? ¿Dónde ponemos los límites entre lo que somos y lo que podemos ser? ¿Dónde dejamos de ser? ¿Quién voy a ser?
Aun así, muero y vivo cada vez
que escribo, es la forma de renovar mi sangre, perdiéndola. Y si no sé escribir
sin desangrarme, ¿Qué pasará cuando no me quede más? ¿Quién dirige tanta decadencia? ¿Quién lleva mi mente?
¿Por qué a mí?
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