La cruda realidad
Nos hacemos ver diferentes y
complicados al resto, aunque eso es lo que nos hace aún más iguales y absurdos.
Nos hemos esforzado en hacernos
creer que somos los monstruos que algún día dejaron nuestras camas y armarios y
se miraron al espejo para que los reconociéramos. Aunque la jodida realidad es
que no tenemos ni idea de cómo es un monstruo, no sabemos cómo huelen, no
sabemos si ponen los ojos en blanco cuando ven algo que les resulta absurdo, si
lloran a escondidas y lo peor de todo, no sabemos cómo follan. No sabemos si en
verdad son ellos los que se esconden de nosotros o si nunca han dejado de
mirarnos desde nuestras sombras. Y lo peor de todo, seguimos sin saber cómo
follan. Pero necesitábamos apropiarnos de ellos porque somos la especie que
todo lo absorbe, todo es nuestro, todo nos pertenece, hasta lo que nos da miedo;
nos puede más la ambición que el equilibrio.
Nunca seremos distintos, eternamente
insignificantes empeñados en ser únicos. Simples. Absurdos. Porque en nuestro
eterno esfuerzo por controlar el mundo no somos capaces de controlar nuestra
mente. Y no nos damos cuenta de que nuestro auténtico problema está en los límites
que aún no nos hemos puesto, o en los que, por defecto, hemos dejado que nos pongan.
Porque los lazos rojos unen y las cadenas se llevan en el cuello.
Nunca hemos sido tan débiles como
cuando nos hicimos los fuertes.
La cruda realidad es que la
felicidad no se busca, ni se encuentra, ni se desea. Es ella quien te
encuentra, como la muerte, como la vida y como la infinidad de conceptos que no
vamos a controlar por mucho que queramos ser los dueños del mundo. Aquí todos
estamos muertos, aunque nos empeñemos en aparentar lo contrario.
Somos pura decadencia.
Si algún día Dios existió, se
cortó las venas cuando vio que su imagen y semejanza se había convertido en
barro. Si algún día el Demonio habitó el infierno, le faltó tiempo para quemarse
vivo con el fuego que él mismo creó.
No somos capaces de amar y, sin
embargo, odiar se nos hace tan fácil. Nos hemos hecho profesionales en destruir
todo lo que sentimos, especialmente lo bueno, porque siempre será más fácil
rompernos a nosotros mismos que dejar que otro lo haga, aunque sigan siendo
ellos los culpables. La culpa siempre de otro, aunque llevemos las manos llenas
de sangre.
Somos los animales con el instinto
de supervivencia más retorcido del planeta.
Si alguna vez somos algo, será
monstruos, eternamente.
Cuanto antes nos demos cuenta de
lo jodidamente insignificante que somos, antes seremos capaces de entender que
no tenemos que buscarle un sentido a todo, basta con conseguir conocernos a
nosotros mismos. Antes seremos capaces de ver que nos la sudan nuestras fotos
de postureo diario porque aquí todos estamos muertos, aunque aparentemos lo
contrario; las penas siempre van por dentro y mañana seguiremos siendo los
mierdas que no supieron dejar sus manos quietas, sus bocas cerradas y el
corazón libre de puños.
La cruda realidad es que somos el
ombligo del mundo más roto que jamás se ha creado y nos están empezando a salir
pelusas de tanto creernos superiores.
La cruda realidad es que esto es
una mierda de rebelión liderada por alguien que dejó el barco antes de partir
hacia tierra prometida, y que, una vez más, las cenizas han quedado reducidas a
polvo y nunca más serán cuerpo por mucho que nos empeñemos en ahogarnos con
ellas. Nadie leerá esto lo suficientemente consciente o lo suficientemente
colocado y mi vacío crecerá cada día. Pero a nadie le importa. Y mucho menos, a
mí.
Estoy más despierta que nunca
porque he cambiado la sangre por café. No voy a engañarte, me pasara la vida
durmiendo, pero no quiero perderme nada de esto que llamáis vida, por si algún día
me da por vivirla como yo quiero realmente, así al menos tendré ideas de cómo no
cagarla.
Esto son solo palabras, pero sé
que acabarán siendo el legado para los hijos que no tendré. De mi vientre no nacerá
nadie que tenga que ver cómo mi cuerpo se muere lentamente y se ve obligado a
superar el hecho de que su razón de vida no es más eterna que los días que le
ha regalado, y que, todo corazón deja de latir, hasta cuando sigue teniendo razones
para hacerlo. Porque no quiero llevar en mi mente la responsabilidad de un alma
que nacerá para acabar muriendo. Y porque me acojona alimentarle de esta mente
mía que ha roto más de lo que podré ser consciente nunca.
La cruda realidad nunca seremos
nosotros. Cómo íbamos a serlo, si llevamos lo efímero tatuado en el pecho.
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