Todos hemos sido ella


Ha vuelto, ha muerto.

Ha abierto los ojos y en su primera respiración la ha zarandeado la misma presión en el pecho que lleva acorralándola las últimas semanas. Sabe qué la retiene, pero ignora cómo salir de ello. Siempre se ha escudado y protegido ante la misma coraza, el mismo reflejo que la han devuelto todos los espejos el instante antes de partirlos.

Cada día se pregunta cuánto queda para que sea el último, no teme a la muerte porque la ha aceptado como destino en lugar de como castigo. No solo eres libre cuando rompes cadenas, sino cuando dejas de tirar en contra de ellas, cuando dejas que te cojan y dejas que los lazos te aten. Ha aprendido que, a veces, atarse la hace más libre que el silencio que la ahoga.

Vive en un balcón por el que muchos amantes se hubieran suicidado por llegar hasta su amada, como si las puertas al cielo se abrieran en caída libre, como si necesitasen del amor para tomarle de excusa ante su muerte. Cuántas veces no habrán sido sinónimos el amor y la muerte y aun así matamos por vivirle. Aun sueña con su hogar de en sueño, aunque ningún piso le quedo tan bien como dormir sobre su pecho. Ella intenta imaginar su lugar, sabe que la queda lejos, quizá aún ni siquiera exista, pero llegará. Siempre blanco.

Vive en el luto que le han dejado las pérdidas de sí misma, le hubiese gustado aprender a despedirse y dejarse de llorar, pero no tiene cadáver al que poner flores y por eso ya no crece nada allí donde no sólo el viento lo arrasó todo. Créeme, ella fue un jodido huracán. Y ojalá vuelva. 

Vive entre las sombras de una diosa que se mantiene cautiva. Aunque, siempre diosa. Con el tiempo todo preso acepta su derrota y convierte en libertad el pequeño espacio que comparte con su cadena. Por eso, aunque cautiva, la libertad de vivir atada a su tristeza la hará crecer. Por eso, aunque en secreto, ama cada cadena que, posiblemente, ella misma se ha interpuesto. No sabe amar sin admirar, sin romper, sin desaparecer. No sabe hacer otra cosa que no sea no ser.

Ella podría ser yo, o podría no ser nadie. Podría ser quién entienda algo de lo que digo. Posiblemente no sea nadie. Podría dejar de ser yo, créeme que lo estoy intentando.

Ha vuelto, la ha matado.

Ella nunca murió por accidente, no fue intencionado. Su corazón fue brutalmente asesinado, toda su sangre quedó coagulada cuando salió de su cuerpo, aunque ya había ahogado cada órgano con el sabor ácido que sus dedos dejaban a su paso. Se heló el alma de quién la encontró. No hubo diagnóstico, ni autopsia, ni médicos capaces de mirar aquellos ojos tan vacíos. No hubo nadie que supiera qué pasó, el asesino no cayó en su huida. El asesino fui yo. ¿Cómo se hace justicia si yo soy el juez, el asesino y la cárcel?

Ella podría ser Marta, yo pude haber sido Marta, todos hemos sido Marta alguna vez. Algunos seguimos atados a su asesinato, porque de tanto hermetismo se nos ha olvidado cómo se sangra a voces.

Ojalá dejar de ser Marta y no volver al lugar del crimen nunca más. Ojalá las vidas que quedan nadie tuviera que sentirse Marta, ni el médico, ni el juez, ni el testigo, ni el pecho vacío. 

Algunas veces, no ser nadie, acaba siendo serlo todo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Para no olvidarte

No hay milagro posible sin fe

Son solo palabras