Mirarla
Dedica tiempo a mirarse. Un poquito
cada día. Comprueba con delicado y exigente cuidado cada frágil facción de su
rostro.
Sus cejas aguantan definidas lo
mismo que tardan sus pestañas en languidecer. Frunce el ceño cada minuto que
dedica a mirarlas. Pronto, sigue su escrutinio y se fija en los labios, mas que
cortados parecen rotos, pero sólo están llenos de las grietas que dejan las
tardes entre el sol y el viento desde el cuarto piso de un callejón sin salida.
Las manchas diminutas que no ven el iris de otros ojos que no sean los suyos. Aquel
pelo despeinado que por más intentos de mantenerle se empeña en ser cómo le da
la gana. Y aquellos ojos; capaz de saber qué están expresando incluso sin
pararse a contemplarlos. Son el vivo reflejo de un alma atormentada, pero lo
suficientemente cálida como para apoyar el pecho en ella alguna que otra vida. Si
quieres conocerla solo tienes que mirarlos, ellos te hablan. A veces se pone
triste al mirar sus ojos, o quizá sean ellos quienes se ponen tristes al verla
a ella. Aguanta la mirada, esta vez, aprieta los dientes, su mandíbula se marca.
Cuenta las veces que necesitaba salir corriendo y no pudo, era entonces cuando
más fuerte se mostraba. Su mente lleva grabados los traumas que ha desahuciado sin
acuse de recibo, ni intereses, ni vuelta atrás. No hay sol, y sin él, no hay
caricias.
Agacha la cabeza. Su pecho se
mantiene firme. A veces, le gustaría poder trazar la delicadeza con la que
dibujan sus pechos las curvas que tanto han acariciado sus manos. Pasa los
dedos por su cuello y recorre el camino que conduce a su ombligo. La curva que marca
la uve pone una sonrisa en su cara cada día que aparece.
Se mira desde cada ángulo. Le
enseñaron a mirar con perspectiva y, desde entonces, su examen ha tomado dimensiones
distintas.
Cuando termina de mirarse no sabe
qué cara poner. Quiere sentirse feliz con lo que ve, más que suficiente. Sus manos
desgastadas por el frío recorren sus labios, quieren calmarla. Hacerla ver que
todo está bien. Quizá mañana sea el día en que el cansancio deje paso a la cara
de satisfacción y deje de lado las ojeras.
A pesar de, ella sabe que su
mente vale más que todo eso. Su mente es más fuerte que su insistente deseo de
perfección. Sabe que se quiere y cada día lo hará con más fuerza. Aunque sabe
lo que siente, necesita escaparse para poder encontrarse.
Si exigiera tanto a cada persona que entra en
su vida como lo que se exige a si misma para mantenerse con ella, quizá a estas
alturas ya habría conseguido lo qué busca. Aunque probablemente estaría
buscando distintas vidas.
Hablo de ella como podría estar
hablando de mí. Como podría no hablar de nadie. Puede que yo no sea nadie, o
que esté esperando para serlo todo.
Lo más seguro es que solo sea una
ella con ganas de abrazarse y de cantarse al oído. Lo que sé es que esa ella
seguirá teniendo la mente y los ojos más puros de otro mundo. Solo queda encontrarle.
El día que la miren como yo la
veo, su fragilidad, tan exigente y tan suya que no puede ser de nadie, seguramente
ya se haya dado cuenta de que llevo toda una vida corriendo para llorarlo todo con
y por ella. Entonces la sobrarán todas las miradas. Llorará conmigo, como
siempre ha hecho, pero más fuerte que nunca.
Ser uno consigo mismo es uno de
los procesos más dolorosos y duros por los que, creo, pasamos. Por eso me
dedico a mirarla más de lo que ella lo hace. Porque sé que queda poco para que
llegue el día en que me vea tras el espejo. Y entonces, no habrá quién la pare.
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