Casa?
Mi madre vivió con depresión desde
que tengo uso de razón y puedo recordarla. No fue su culpa aunque se vivían juntas y se hacían una en algunos momentos. Aún así, ella siempre fuerte.
Fue de ella de quien aprendí que
vivir es cosa de unos pocos, vagabundear es la virtud con la que cargamos muchos.
Mi madre nos obligó a convivir con su depresión, era incapaz de dejarla marchar,
y, nosotros, su familia, no éramos lo suficiente como para demostrar que había, al
menos, un ápice de vida bajo aquellas paredes. Quizá tampoco lo intentamos lo suficiente
ninguno.
Apuesto por afirmar que realmente
ninguno hemos sabido cómo lidiar con una sombra tan grande como la fuerza con
la que era capaz de hacernos sentir amor y odio a partes, yo diría, casi
iguales.
En aquella casa se podía respirar
cada mancha de sangre que dejaban los restos de la batalla diaria por
sobrevivir. No puedo decir que viví en un infierno, pero puedo decir que no
reconozco ninguna vida de las que he vivido, ni dentro ni fuera de esa casa durante los
últimos años.
He sido cómplice de la depresión que
maltrataba a mi madre dejándola en punto muerto. Solo quería huir de allí hacia
algún lugar en el que pudiese tomar aire menos tóxico. Como no podía hacerlo, coqueteaba
con la velocidad y el humo en busca de la paz que, cada día, escucharla me
quitaba. Aunque sin éxito alguno; vivía entre la espada y la pared y hubiera rajado mi pecho si con ello conseguía liberar el suyo.
Las palabras que mas han dolido han sido siempre las de mi madre. Ha sido la única que tenía la entereza de decirme a la
cara lo hija de puta que he sido. Para mí, los motivos de mi desdicha eran
producidos por lo mal que me habían querido. Para ella, mi pena venía de mi
misma, de la incapacidad natural y justificada de quererme que el resto padecía.
No me quedaba otra que creerme sus palabras. Era eso o ser aún mas cómplice de
su muerte y gritar a los cuatro vientos el motivo de mi dolor. Por eso, estos
labios siempre sellados. Hasta cuando era una hija de puta lo era sutilmente.
Mi felicidad tenía que ser plena
porque nunca me había faltado pan ni agua que llevarme a la boca. Aunque mis manos
estuvieran vacías de amor y llenas de llantos y sangre. Su falta, en lo que para mí era
importante, estaba también justificada. Selección natural lo llamaba. Mis actos
podrían venir del mismo infierno. Mis rarezas nunca aceptadas. Mi forma de ser,
de sentir, de padecer, nunca escuchada, nunca símbolo de interés. Nunca curiosidad.
Ningún gato murió en esta casa. Todos se fueron antes de que su respiración se
convirtiera en una molestia para ella.
Aquella cama en la que dormían mis
padres sostenía la fuerza de sacar adelante una familia y dos negocios, que, a
pesar de rotos, tenían que coserse cada día. Solo se contemplaba amor cuando la
depresión lo permitía. Ella era la juez de primera instancia. La abogada del
infierno que me dio un respiro hasta que mi libertad quiso jugar a enamorarse
de otro corazón, partiendo el mío. Después de aquello, juzgarme era la primera
tarea de cada día. Ya no era una niña. No volvería a serlo. No porque no
quisiera, si no porque cuando yo me paré, la vida siguió y ahora no tengo
tregua ni calma, ni nada que objetar.
Mi padre mantenía silencio. Convivió
con la sombra de mi madre. Nunca pronunció su veredicto acerca de en lo que se había convertido aquella muchacha pelinegra y sonriente de hacía años. Aún hoy pienso, si él se hubiese revelado, mi madre hubiera
cambiado de nuevo. ¿No es así como el amor lo puede todo? No le quitó el sueño el peso
asfixiante que algunos días sostenían sus sabanas. Sabía que las pocas horas
que le permitía su trabajo dormir tendría que aprovecharlas. Nunca falto pan en
mi casa. Nunca sobro amor entre aquellas paredes.
A veces me pregunto si las cosas
en las que pienso no vendrán del eco de su pensamiento, si no seré yo el
producto de sus paranoias y el arrepentimiento de sus actos. Por eso dudo del
motivo de mi existencia y la repito, ¿cuánto tendría que decir para que el
tiempo no me diera aquella vida? ¿cuánto hay que observar hasta llegar a
entender? ¿cuánto tendrá ella que sufrir más para que se dé cuenta de que no vivir
es lo mismo que estar muerto, pero alargando el sufrimiento?
A veces me planteo el hecho de
que quizá algún día sea como ella, pidiendo a la gran parca que mande al
barquero porque no entiendo a mis hijos, porque siento que no me quiere mi
compañero o porque no soy la persona por la que no luché ser. Pero entonces me
tranquilizo pensando en verme lejos de lo que vivo hoy y me siento menos triste
de verme encerrada y vuelvo a intentar convencerme de que si soy una hija de
puta será por la gran sombra que ha inundado esta casa desde que tengo uso de razón
y no por mis malos quereres.
Y, solo entonces, cuando nos
recuerdo, es cuando siento que me voy a morir. Pero solo es la rabia partiéndome
el pecho. Me dejo de escuchar y pienso, ¿puede morirse de rabia o es solo la sangre que derramo desdibujando mi futuro?
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