Destello 1


Tiene los mismos años que lunares he sido capaz de contar cuando le veía entornar los ojos convenciéndome de que era hora de dormir entre sus brazos, y aprovechaba para besar alguno que otro.

Guardo imágenes en mi cabeza que me siguen, protegiendo su sustento. Supongo que nadie quiere ser olvidado. Bendita autoestima de los que esperan el recuerdo una vez que las valkirias rocen su almohada. Llevo sobre los hombros la cadena perpetua que perpetúa mi temor, por eso sé que los recuerdos, las imágenes, por las que todos luchan por dejar en el mundo tras su marcha, son la llama que mantiene viva mi condena. Quiero tener recuerdos vírgenes, antes de que mi subconsciente o mi propia consciencia maniatada acaben por cubrirlos de la bruma que rodea mi mente.

Dicho esto, sé que uno de los recuerdos que he dejado a buen recaudo de mis manos es él. Él y su dichoso lunar en el muslo izquierdo. Él y su naturalidad cegadora cuando cae sobre la cama y con algún movimiento inesperado me arrastra consigo.

Ay, si fuera capaz de entender lo que le digo, o lo que me digo, o lo que no canto.

Si pudiera definirle le estaría renombrando, y escucharle decir su nombre es otro de los recuerdos que mantengo puro.

No pienso nunca en sí, ni tan siquiera en la primera vez que le vi y mucho menos en la última. ¿A qué sabe un último beso? Sé que el primero fue de cerveza.

No hablo de ningún él con nadie. No es real. El día que apareció se escapó un destello. Desde entonces, si tuviera que ponerle nombre, sin duda sería todos los destellos que se han dejado ver por este paramo.

No escucho por ningún él. Aunque desde hace unos días no me he separado de la música. Ella siempre ha sido capaz de callar el ruido de fuera, gracias a ella aguanto el de dentro.

No le veo. No sabría cómo mirarle si le veo en la calle, aunque sé que si le encuentro estaría sonriendo antes si quiera de saber con quién va a cruzarse. Destello. Me encanta mirarle porque pienso que no me ve, aunque quiero que sienta una mirada clavada en su pecho. Es solo porque quiero guardarle, puro.

Me gusta mirar aquello que sé que no permanecerá. Por eso, algunas veces, me paro a mirar a mi madre, exhalo cada pequeño detalle de su pequeño cuerpo. Para cuando cambie. Para cuando me falte. Pura.

Ya que no puedo sentir la libertad soplándome en los ojos cada mañana, por lo menos que dejen intactos retratos de lo que mi alma se ha empeñado en impregnarse.

Quiero padecer el síndrome de Sthendal cuando le miro. Ser presa, y que, esta vez, no sea de un suspiro ni del silencio. Sus pupilas.

Es de esa clase de personas por las que desatar la locura mas incoherente es casi tan apetecible como cuidar cada sonrisa que finge. Supongo que es justo eso lo que hace inalcanzable distinguirle y saborearle. La incapacidad de crear un oasis más allá de lo vivido. Huidizo. Sin nombre.

Por si alguna vez lo duda, ya es eterno sin necesidad de llegar al Valhalla. Porque le guardo, hasta cuando no vuelve. Sobretodo entonces. Por eso sé que se mantendrá puro mientras que siga nombrandole en algún momento de debilidad autodeclarada. 

Mientras recuerdo, cuando recuerdo. Cuando no vuelve. He sido eterna entre la delicadeza de sus dedos y lo fiero de sus colmillos. La eternidad sólo dura un segundo. En cada espectáculo que suponía mirarle. 

Yo que estuve recogiendo flores como excusa para entrar a sus jardines, una isla en su pecho, una casa en su mar. Cuando recuerdo su huída le vuelvo aún más puro. Y doy gracias. Y le pongo las velas en las nubes para que le guarden.

Ay, si entendiera lo que escribo, lo que no digo o por lo que no bailo.

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