El dolor se reparte


No voy a decirlo en voz alta, pero echo de menos las tardes en las que mi mejor refugio era un balcón con las vistas de las que he renegado durante un año, y que, posiblemente, negare hasta tres veces. Quiero llorar sangre como Judas por su ángel. Realmente, el refugio era mi soledad, encontraba paz en las conversaciones que mantenía conmigo. Ahora anhelo mis palabras como un sordo las palabras que su mujer susurraba cada noche, sobre todo las que le dedicaba cada mañana cuando el olor a café y sueños le rodeaban. Era increíblemente preciosa cuando hablaba. Estaba increíblemente sola y tranquila entre el humo y los rayos de sol que susurraban lo que, intuyo, necesitaba sentir.

Mi pena siempre ha sido mía, aunque nunca he llegado a ponerla nombre. A veces pienso que sería darle la autoridad que ella misma me roba cuando aparece. Vuelo entre aceptarme y autoexigirme. ¿Acepto mi naturaleza, mi sensibilidad y mis estigmas, o me exijo el cambio que llevo anhelando desde que mi uso de razón se hizo carne y se fue desgarrando?

Algunos días vivo enfadada con el mundo por mi autoexigencia. Me exijo presentar la madurez, estabilidad y locura que no veo cuando atravieso los espejos, me intuyo como un fantasma cuando paso por la vida de los demás. Sin embargo, acepto mi niñez y mi adolescencia en los que el ruido de fondo, e incluso, la banda sonora, son las voces de mi madre. Siento que me odio porque me veo en ella y la veo en mí. ¿Acepto mi sangre o mudo mi alma? Siempre en mi continua escala de blanco y negro. No creo en los grises.

Al final conseguiste que escribiera de ti. Debí imaginar que a pesar de mi advertencia querías que te nombrara, aunque supusiera desgarrar la carne de nuevo. Estoy hecha de la carroña que los cuervos protegen. Desbordarme es fácil con todo lo que llevo dentro. Cuando me ahogo solo alcanzaras a oler la sal, nunca veras el mar.

Imagino como sería el oasis, fantaseo con la posibilidad de que tenga la forma de tus manos, la paz que, a veces, dejas caer en ellas. Se hacen inalcanzables muchas otras, como el oasis. No creo en la posibilidad de vivir en un estado continuo de felicidad gratuita. No quiero vivir en un oasis eterno, ya sé cuándo encontrare la paz. Quiero vivirte sin que seas una proyección de mi ahogo. Quiero ser tu propio oasis, alcanzar el éxtasis. Aún así, apilo los momentos que posiblemente no viviremos pero a los que preparo para el oasis.

Vivo de prestado la mayor parte del tiempo. Solo soy capaz de sentir cuando estoy en el esprint final. Y lo cierto es que no tengo nada que perder, aunque ni con esas me hago libre. Retroalimento mi pena hasta la catarsis. Todo por encontrar el oasis. 

Quiero que sientas mi crudeza al escribir, lo retorcido de mi mente, la fantasía de la vida que espero tener. Lo que no te digo, lo que no te molestas en saber. Las escusas que me monto para encender otro y perder el sentido.

Me ha costado entender a los escritores que reniegan de su capacidad. Me ha dolido entenderlo casi tanto como me está doliendo escribir hoy. Tengo la vaga teoría de que el dolor se reparte. Todos sangramos y matamos, cada uno a nuestro modo e intensidad. Me paro a pensar en las muchas veces que me he sentido débil por sentir con tanta intensidad lo bueno, y, por ende, también lo malo y me doy cuenta de que la única debilidad ha sido pensarlo de ese modo. Magnifico mis sentimientos porque no entro en ellos, se me queda pequeño lo que vivo. El hecho de que no exprese lo que siento cuando me acaricias la cara, cuando me dedicas una mirada o cuando me abrazas no significa que no lo sienta tan puro como lo que expreso cuando me desbordo. Para entenderme tendrás que entender mi náusea, mi mar y mi pena. En ellas tampoco entro porque se han hecho gigantes. No hablo de ellas mas que cuando las escribo.

No me gustaría que me recuerden por ellas, pero las he aceptado hace tiempo. Las exijo cada día, las contengo para quienes están a mi lado. Curiosamente son la caja de Pandora que todos rozan y yo me encargo de mantener cerrada.

Pero prefiero vivir liberando y conteniendo mi sensibilidad que olvidar tus caricias.

Por esto, el dolor es necesario. El dolor se reparte.

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