Segundos después

 No quiero no vivir. 

Quizá por eso me asusta tanto la idea de pasarme toda la vida existiendo sin más reflejo de mí misma que las palabras tristes que dedico a sus manos sabiendo que, aunque las guarden no serán más que ceniza sobre una cabeza llena de humo. Quizá sea ese el motivo por el que siempre he fantaseado con la idea de morirme, sí, estoy segura de que es eso. 

Vivir no es algo que se enseñe en algún libro rancio de los que compras cuando empiezas los estudios. Vivir es el sinfín de creencias y compendios que te ajustan a una realidad grotesca de la que, con suerte, desde muy joven querrás salir. Vivir según tu propio "auto ajuste". Sin embargo, a veces siento una perdida de tiempo dedicar los minutos que cubren mis pulmones en borrar toda huella que ha dejado en mí todas las palabras que he escuchado sin saber muy bien de qué colmar mis ansias de esperanza. 

Pero, ¿qué sería una mujer sin esperanza? Qué sería de mí sin la fe? 

Aquella Fe que me hace comprar billetes cada fin de semana, sabiendo que no siempre quiero cargar con esa maleta ni tampoco con las miradas que me esperan. La misma que me hace comprender que mis manos pesan más cuando me niego a aceptar una realidad cada día más plausible y menos liviana en cuanto a cuidadosa se refiere. La Fe que me invita a vagar por entre los recuerdos solo para decirme que no me merezco vivir sola si no que, merezco poder elegir cómo quiero vivir, aunque eso me haga ponerme triste al ver que no siempre es tal y como lo estoy haciendo. 

La Fe que me dan sus ojos cuando mis manos se reflejan en sus pupilas y puedo comprobar, por al menos un segundo, que la vida desde que conocí el amor no me resulta tan austera. Un amor de los que, aunque te lleves toda la vida convenciendo de lo contrario, te hacen creer que mereces ser amada. Al menos, intentar dejarte serlo. La Fe por la que no temería nunca más sentirme vulnerable mientras amo ni mientras vivo. 

Me siento como si me hubieran arrancado de este mundo y fuera este mismo el que quisiera acogerme, pero como de costumbre, me encuentro mirando cualquier otra cosa que me haga no pensar en que he sido amada por si me da por querer olvidarlo antes de volver a la realidad. 

Vivir el amor me hace vivir en vacaciones. Aunque siempre acaban y yo me quedo mirando y mirando y mirando porque me siento despojada de la realidad en la que me he atrevido a mirar. Cómo si tuviera que pagar un precio por ello. 

De nuevo, no me sentía merecedora de un amor tan grande y es esta realidad, esta vida no vivida a la que me asomo sin más ánimo que quererme apartar.  

Escribo rápido, como con prisas, para que no se me olvide ningún gesto, ninguna emoción, ningún suspiro, segundos después de haber tomado ese camino. 

Quién pudiera seguir creyendo, mirando y admirando la ligereza con la que la vida avanza desde un lugar distinto, quizá mucho más alto, quizá menos dudoso como para poder sentir que elegir la vida que anhelas vivir está solo a un paso de dónde te encuentras. Y lo que es más importante, sentirse preparado para dar ese paso. 

Todos los días me siento como si estuviese esperando una señal que me hable de cómo mis múltiples intentos de alcanzar esa vida han dado resultado, y que, tal y cómo él me recuerda, puedo hacerlo sin miedo porque soy valiente. Segundos después de mi espera, observo cómo esa señal no llega y yo debo comenzar a luchar. 

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