Todos los días elijo quién soy
Todos los días elijo quien soy,
sin saber quién soy exactamente. Me parece una de las premisas más duras a
reconocer, al menos en base a quien yo soy, pero no deja de ser la realidad de
la que llevo escapando toda mi vida. Es cierto, entonces, tener la capacidad de
decidir quién eres cada día; todos los días poder elegir una versión, una
posibilidad, una faceta diferente a lo que se es, y, sin embargo, siento haber
terminado siendo lo que, podría decirse como “consuelo de tontos”, lo que he
podido. Es duro darse cuenta de las muchas opciones que se presentan cada día
sobre lo que podrías o no ser, el remordimiento de saber que podría haber
tomado otras decisiones, en otros momentos, que me hubieran llevado a distintos
sentimientos y quizá, solo quizá, ahora tendría que estar enfrentándome a
situaciones diferentes. Sin embargo, desde hace un tiempo rezo cada día por despertar
y que lo primero que sienta no sea miedo. Rezo, rezo y rezo porque mi despertar
sea más liviano, y no comience mi día con la sensación de tener una mano
sujetando mi cuello o un cuerpo pesado sobre mi pecho que, en cualquiera de los
casos, me impida respirar y tenga que levantarme deprisa de la cama como para
huir de mi propia respiración, o, si por el contrario, tenga que sacudirme
deprisa de ese sentimiento, pero permanezca inmovilizada en la cama en la misma
posición fetal durante prácticamente toda la mañana procurando centrar mi
atención en un objeto distinto al miedo.
Imagino que pude haber tomado
muchas otras decisiones que no me hubieran llevado a sentir esta asfixia cada
día, pero soy tan testaruda que lo más posible habría sido seguir cada uno de
los pasos tal y como los hice. Entonces, me pregunto, ¿por qué no dejo de
correr de mí si no soy Otra? Defiendo que todas las lecciones que he aprendido
en mi vida me hubiese gustado aprenderlas de una forma no tan dolorosa, por eso
no puedo enorgullecerme de la persona que he sido, de las decisiones que he
tomado. Por eso cada día sueño con poder decir que esa tipa no fui yo, pero
negarme hasta tres veces, huir hacia delante solo por no encontrarme y
renunciar a mi existencia es algo que llevo haciendo prácticamente toda mi
vida, y, sospecho es esa la razón por la que no concibo un solo día en que no
sienta esa figura junto a mi pecho devorando cada rincón sin posibilidad de
apaciguarla hasta quedar exhausta.
Así que no, no me siento orgullosa
de mis errores y no puedo dar gracias por lo que he vivido ya que “gracias a
ello soy quien soy”. No es cierto. Simplemente, hubiera preferido darme cuenta
de que debo mirar más, escuchar más, valorar más y confiar más sin tener que
ver lagrimas sobre las mejillas de la persona que me ha ayudado a ver que soy
valiente, pero que debo ser buena conmigo también para no dejar nunca de serlo
con él.
No se me da bien el camino de
vuelta a casa, ni siquiera cuando lo que tengo que recorrer son los 300 metros
que separan tu almohada de la mía. Me resulta más fácil irme a hurtadillas
cuando ya estas dormido, para que no sientas que me he ido, supongo que porque
sé que si fuera al revés no conseguiría dormir. Mientras regreso a mi casa, da
igual qué hora sea, enciendo el ultimo cigarro procurando saborear los últimos
minutos sobre los que puedo fijar tu imagen sobre mis pupilas o el sonido de tu
corazón que minutos antes ha conseguido relajarme lo suficiente como para casi
hacerme ronronear. También pienso en cuanto me gustaría saber en qué piensas,
cuantas veces te pones triste o si eres realmente feliz a mi lado. Es curioso conocer
los programas que te gusta ver por las mañanas antes de ir a trabajar, las
posiciones en las que te gusta dormir o el sonido de tu risa cuando digo algo absurdo,
pero parece ser la broma más ingeniosa que han llegado a hacerte. Tienes la
capacidad de que parezcan grandes hasta los suspiros que se me escapan. Y, sin
embargo, aún no sé qué es en lo último en que piensas antes de dormir, por qué
huyes de la tristeza o en qué estás pensando cuando me miras y te quedas
callado. Pero debo volver a casa y rezar
por no sentir la pesada mano sobre mi cuello cuando despierte y me dé cuenta de
que vuelvo a elegir quién soy, sin saber quién soy exactamente.
Lo cierto es que últimamente no
siento haber tomado las mejores decisiones acerca de quién elijo ser cada día.
Repito como un mantra la frase que escribo en cada lugar en el que habito: “Soy
más fuerte que este sentimiento”. Aunque con el paso de los días son estas
mismas palabras las que han perdido fuerza en mí. Supongo que por qué a pesar
de haber aprendido mucho desde que siento el Miedo sobre mi pecho cada día, aún
no sé de dónde viene.
Lo que sí sé es que se necesita
mucha confianza y mucha valentía para creer en uno mismo, hasta cuando no se
sabe quién se es exactamente.
Comentarios
Publicar un comentario